lunes, 21 de enero de 2013

Lenguaje


            Al momento de leer nos encontramos con que los escritores son grandes manipuladores del lenguaje, saben cómo usar una palabra de la manera correcta para dibujar nítidamente en nuestras mentes mundos más allá de nuestro conocimiento. Convierten las palabras en poderosas armas capaces de destruir desde perjuicios hasta murallas de piedra. Son grandes agentes capaces de utilizar una palabra hasta el cansancio sin que uno se aburra de escucharla, incluso le da usos que uno jamás podría haber imaginado antes de haberla vista en las manos escultoras de un gran autor. Incluso a veces quedamos maravillados al escuchar una palabra, que sin importar nuestra edad, jamás habíamos escuchado.

           Y cuando llega el momento de escribir, uno no sale de repetir una palabra simple sin poderle dar mayor connotación. Es decir, “caminar” siempre será “caminar” y “volar” siempre será “volar”. En dichas ocasiones llega la desesperación y desilusión, pocas veces, la rendición, y siempre sale esta pregunta: ¿Cómo es que todos esos grandes autores llegan a tener un repertorio infinito de vocablos?

           Cuando eso llega a ocurrir, algunos optan como mala costumbre acudir al diccionario, para leerlo como si fuera un enriquecedor elixir que los hará más poderosos que los mortales, y posteriormente van y vomitan lo aprendido en el primer texto que se encuentran. Es ahí que usan “prebenda” en vez de “ventaja”, “devaneo” en vez de “distracción”, logrando que sus textos se vean como un auto viejo y oxidado con luces de neón y spinners relucientes. Y un texto donde se encuentran centenares de palabras complicadas es frecuentemente calificado como un intento, muy malo por cierto, de presunción de lenguaje.

           La gran mayoría de primerizos consideran que entre más palabras complicadas contenga su texto, mejor se ve. Nada más lejos de la realidad. No quiero decir que no deben usarse, pero sí que hay que saber cómo. Lo primero que debe entenderse es que la prosa como la poesía conlleva un ritmo, y una palabra mal colocada siempre romperá el ritmo. En lo personal recomiendo que se lea un poco de poesía, aunque no sea del agrado de uno, ya que los poetas son magníficos a la hora de sacarle jugo a una palabra, incluso cuando ya se cree que han logrado rebasar los límites. Lo siguiente que debe saberse es que las palabras utilizadas deben ir con el ambiente del texto o con el lenguaje del personaje. Por ejemplo, no debe usarse palabras de términos jurídicos en una novela ambientada en la segunda guerra mundial, o vulgarismos en un cuento cuyo contexto sea el siglo VII. En cuanto al lenguaje de nuestro personaje, no se debe poner en la boca de un vagabundo palabras altas o en desuso como “vacuo” o “congoja”, tampoco se pondrá en el dialogo de un caballero del medievo americanismos como “checa” o “resetea”, salvo por supuesto que esta sea la intención.  Es decir, el crimen es tan grande para el que utiliza lenguaje simplista como complicado si no va con lo que se está escribiendo.

           El lenguaje es el arma principal y más poderosa del escritor, y como tal, uno debe desarrollarla cada que puede. ¿Cómo entonces? La respuesta es la misma para todo lo relacionado a la escritura: leer, vivir y escribir. Leyendo a otros, aprenderás consiente e inconscientemente a expresarte en la palabra escrita. Al vivir te encontraras con muchas personas interesantes, y no tan interesantes, con las cuales intercambiaras una conversación, y escuchándolos aprenderás a como habla la gente de verdad. Escribiendo se hará de tu naturaleza el utilizar ciertas palabras en momentos adecuados, y de igual manera iras comprendiendo el ritmo de la prosa y a como no interrumpirlo. El lenguaje no debe ser ni sobreexplotado ni prostituido, debe simplemente ser.

           También es buena costumbre leer otros textos además de literatura, de buena calidad por supuesto, para observar las diferentes tipos de expresiones. Eso sí, nada de aprender de la escritura de moda en la red o a través de los mensajes de celular. Estos tienen por costumbre simplificar la escritura para incrementar el aprovechamiento del tiempo, y por lo tanto, devastan los usos gramaticales y ortográficos. Una vez más, salvo que tu intención sea replicar estos fenómenos.

           Recuerda que un escritor es el camarógrafo de la vida, que representará lo que ve, a través de la letras, y por lo tanto deberá aprender a escuchar y observar, y tiene como obligación contar lo que ve y como lo ve. Y al igual que el té, su opción solo es una, que tanto lo va a endulzar.

"Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento" - George Orwell

miércoles, 9 de enero de 2013

Un lugar para escribir.



Cuando se busca un lugar para escribir, se debe pensar en el mejor de los paraísos terrenales de tranquilidad e inspiración. Un lugar donde tus pensamientos se vuelvan reales y tu imaginación se desboque como un caudal. Una habitación donde te encierres con tus pensamientos e ideales, y donde te encuentres contigo mismo y con tu otro yo, o mejor dicho, con tus millones de otros yo para que puedan ser volcados en una hoja en blanco en forma de personajes carismáticos. El lugar debe volverse un santuario de privacidad tan silencioso que puedas escuchar esas vocecitas en la cabeza que desean contarte su historia. Una bóveda impenetrable donde solo estés tú y cualquier otro elemento que fomente la inspiración. Eso sí, sin ventanas hacia algo distractor como una televisión o un paisaje exterior de movimientos embelesadores. Debe ser un lugar donde llegues en comunión con tu musa, un lugar donde puedas seducirla, llevarla a la cama y hacerle el amor con dulzura y ternura, con pasión y deseo, con gritos y lágrimas, con risas tímidas y carcajadas. En término, un lugar de intimidad. Porque a veces tú musa se alocará y te pedirá a gritos ser violento y bestial o alocado y espontaneo. Nunca sabes que te pedirá o que te brindará, y conviene en esos momentos no ser interrumpido.

            Tal vez por estos momentos ocurra uno de dos efectos, o estés pensando en tu lugar ideal, o estés preocupado porque en tu casa no encuentres tal privacidad. Tranquilo, tal vez todo esto suene muy romántico, pero en realidad, lo más seguro es que termines escribiendo con los audífonos puestos mientras escuchas música en el patio a lado de la lavadora en funcionamiento. La realidad es que salvo que cuentes con el dinero suficiente, el lugar idealizado pocas veces llega. Lo mejor es encontrar tu edén privado en un espacio realista.

            En mi caso a veces escribo en el cuarto, el cual comparto con mi hermano menor, por supuesto que lo exilio primero, otras veces en el patio, bajo las estrellas en una mesa de jardín, otras en la mesa de la cocina cuando la familia está dormida.  En todos estos casos, seguido se encuentra de fondo algún ruido diurno, y lo mejor es ponerme los audífonos y dejarme llevar por la música. Otras veces aprovecho cualquier momento de silencio en el hogar. Lo más importante es que ya conllevo un método de preparación mental y aislamiento que dispara mi imaginación y me permite olvidarme de mi entorno. 

            Realmente no importa si escribes sobre un escritorio de caoba en una computadora de última generación o en la vieja Pentium IV aislada en el cuarto de tu hermanita. Lo importante es saber que cuando tocas el teclado o la pluma, es tu momento, que así como el guerrero toma su espada para enfrentar al dragón que brota de la cueva escupiendo llamaradas, tu tomaras tu imaginación y creatividad y enfrentaras la hoja en blanco dispuesto a llenarla de las más hermosas e inspiradoras creaciones traídas del mundo de las ideas. Y en tu momento solo importas tú y esos personajes que rondan por tu mente pidiendo a gritos existir.

            Por lo tanto, seguirás el mandamiento de todo escritor a la hora de trabajar: no distraerse.

          Visualiza esto: El personaje principal está a punto de enfrentar el mayor reto de su vida, ese suceso que cambiará su vida para siempre y lo convertirá en el ser que siempre quiso ser, se encuentra bajo la mayor tensión de su vida, el sudor cae sobre su frente, las palabras se anudan en su garganta mientras su corazón se retuerce en el deseo de hacerlo actuar, y justo en ese momento… grita tu padre para pedirte que vayas por las tortillas. No, no, ¡no! Te puedo asegurar, que en la gran mayoría de los casos eso será la perdición del momento que seguro te será imposible recobrar.  Aunque en algunos momentos muy extraños eso será tu salvación y sacaras algo provechoso de ello. Pero mejor no arriesgarse.

           Ahora que has leido esto, create tu espacio ya sea en un lugar real o mental. El escritor imagina solo, piensa solo, escribe solo, crea solo, y por lo tanto, en este momento deberá estar solo.

“No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento”. 
Horacio Quiroga – Decálogo del perfecto cuentista.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Ritmo y descanso



           Esta entrada va dedicada a Anna Gómez y Francisco Castro, pues son los que me hicieron darme cuenta de la importancia del descanso.

            Ahora bien, ya has leído y estás leyendo suficiente, tanto que ya es hora de que empieces a escribir. Seguramente ya te sentaste frente a tu computadora, abriste el procesador de texto, y tienes delante la página en blanco, o tal vez mejor, ya la tienes empezada. O puede ser que estés bajo una vela encendida, con toda fuente de luz eléctrica extinta, tienes el incienso de tus aromas favoritos inundando la habitación, mezclándose con las exquisitas notas de Beethoven, y ya tienes enfrente tu fiel pluma y su compañera la hoja de papel. No importa cómo te guste escribir, o que rituales prefieras hacer antes, cualquier cosa es válida. Lo que te siente mejor, como ya sea escribir de mañana, de noche, en la tarde o la madrugada. En cuanto al lugar, bueno, eso ya conlleva otro tema, pero solo diré por el momento, que donde te sientas cómodo.

            Has empezado a escribir, las letras empiezan a aparecer frente a ti, invadiendo ese horroroso espacio en blanco que con placer desaparece a cada palabra, remplazándose por una belleza inmensurable. Muy romántico, ¿no? ¡Por supuesto! El escribir es disfrutar de plasmar tus ideas, tus pensamientos, tus sub universos y tus parajes, es jugar a ser un dios sin insultar al mismo. Escribir se debe abordar con placer, con diversión, entusiasmo y pasión, a veces hasta con un poco de ira. Lo que no debe caber duda, es que escribir debe hacerse con grandes ánimos y energías, para que sea esto lo que trasmitas. Sin embargo, llega un momento en que uno se pregunta, ¿Cuánto debo escribir? ¿Cada cuándo? ¿Por cuánto tiempo? ¿Cuántas hojas? ¿Cuántas palabras? ¡¿Cuantas letras?! Vamos, ¿Qué cantidad? 

Mientras que existen algunos escritores que dicen que para escribir una novela es sentarse dos horas por día y… ¡abra cadabra!, ya tienes un best seller que te hará meritorio al premio nobel de la literatura, la verdad es que esto es una absurda mentira, que incluso roza la mediocridad.  Tampoco es necesario hacer lo que García Márquez, escribir ocho horas diarias como si fuera una jornada de trabajo. La realidad de esto es que cada quien tiene su ritmo. Mientras que existirán días en que podrás escribir toda una obra de arte durante horas, abra días en los que no podrás ni escribir una oración antes de que acabes frustrado. 

Considero que la mejor forma de empezar con tu ritmo es la disciplina King, es decir, del escritor Stephen King. En su libro “On writting”, este propone empezar con mil palabras al día, con un día de descanso a la semana, de ser necesario, siempre escribiendo a la misma hora del día para que se vaya volviendo un hábito y la creatividad se haga una costumbre, por decirlo en palabras burdas y llanas. El problema llega cuando descubres que todos en el mundo somos diferentes, y que mientras algunos tienen la capacidad de concentración infinita de un monje Shaolin, hay otros con la atención de un pececito en un estanque lleno de azúcar. Mi sugerencia es empezar con la disciplina King, y de ahí irte moviendo; que si quieres subirle más palabras, menos palabras, que si deseas variar los horarios de escribir, que si te pones un horario rígido. La única verdad es que debes mantener una práctica constante y diaria, sin excusas ni pretextos, que para eso, todos somos unos expertos. Y este hábito, el de escribir por supuesto, debe abordarse con amor, pasión y entusiasmo, ¿y por qué no?, algo de miedo, pero ese miedo sano que es diminuto, casi imperceptible, que te permite no caer en la soberbia, pues a fin de cuentas, todo artista debe tener su humildad. Ya que, todos siempre seremos inseguros de nuestro trabajo, aunque lo neguemos.

La creatividad o la musa, llámese como se prefiera, es caprichosa, a veces un poco bastarda, y en ciertas ocasionas una verdadera diva. No todos los días podrás crear una obra que podrás presumir que fue parida por el mismo Dios, ya que en ocasiones batallaras tanto que sufrirás, y realmente sufrirás si le tienes amor a lo que haces, y esto es verdad para cualquier tipo de ambiente creativo, sea el que sea.  Lo mejor es aceptar este hecho, no fustigarte ni flagelarte, ¡mucho menos de etiquetarte de bueno-para-nada! Lo mejor será aceptar que ese día no podrás trabajar y que lo dejarás para otro día. Tienes que recordar que eres un ser humano, y que somos afectados por las emociones, los altibajos de la vida, hasta por la luna llena o por la menstruación… sea tuya o de tu pareja. ¡Así que animo! Que si no salió hoy, saldrá mañana, o sino algún día, la musa no se abra ido, solo se estará haciendo del rogar, la condenada.

También llegará un momento en el que habrás trabajado tanto que no podrás seguir aunque lo desees, aunque te mueras de las ganas y el antojo por destruir la maldita hoja en blanco, no podrás y punto. Tu mente se verá turbada y envuelta en marañas indestructibles que se reirán de ti. Tu imaginación se cubrirá con un velo negro que no podrá levantarse, y escribir, aunque sea tu más grande deseo del momento, será imposible, y cada letra la sufrirás al grado llegaras a sentirte como un cavernícola golpeando las teclas con un marro de piedra. Cada oración te parecerá estúpida, cada idea incoherente y falta de originalidad, e incluso, te sentirás el anticristo de las letras cuya misión será llenar párrafos y párrafos de blasfemias creativas. Cuando llegue ese momento, debes darte cuenta y aceptarlo, estás cansado. Hasta la diversión cansa.

Cuando llegue el momento, haz a un lado tu texto, guárdalo en un lugar seguro, con sus respectivos respaldos, y abre la puerta de tu lugar de escritura, y date cuenta que hay una vida allá fuera. Aléjate de tus libros, de tus textos, y de ser necesario, de tus rutinas, y has algo que despeje tu mente y te relaje, que amplié tus horizontes, así sea jugar tenis a pesar de que no puedas darle a una pelota de un metro de diámetro. Haz lo que necesites y lo que quieras, duerme por horas, sal y grita, corre, salta, vete a una alberca, plática con la familia, con los amigos, con el vecino, con el perro. Busca a tu pareja y ten sexo y luego vuelve a tenerlo, y si no tienes una, pues búscala. Toma un baño de una hora, acuérdate del gato que lleva un mes atrapado debajo de tu cama, chúpate el dedo, ¡lo que sea! Siempre y cuando no dañe tu salud o saldrá contraproducente.  En todo este tiempo, ni te acuerdes del texto, ni aunque te hayas quedado a dos páginas del final. Olvídate del desgraciado, ya verás que luego la musa se sentirá sola y volverá a ti.

Descansa y descansa cuando lo necesites, y a veces hasta date el lujo de cuando no lo necesites, siempre y cuando no caigas en la holgazanería. Es importante el ritmo, pero también lo es el descanso, incluso si crees que no lo necesitas.  Descansar siempre será parte de la vida, y por lo tanto del escribir. 

Y ahora sabes, por qué ahora me retrasé en poner esta entrada, pero tuve que acampar a un lado del Sendero.

Gracias por tu lectura mí estimado lector.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Escribir: ¿Qué? y ¿Cómo?



        Como lo mencione desde el inicio, todos podemos ser considerados escritores, desde el momento en que ponemos un par de letras en un papel, pero asi como patear una pelota no te convierte en futbolista, de igual manera no se puede llamar un escritor, con todo lo que el nombre conlleva, a cualquiera. Puede que esto suene un tanto contradictorio, pero asi es: Todos tenemos el potencial de ser escritores, pero no por eso todos terminaran dedicando su vida a las letras.
          
  Ser escritor, considero yo, es ser alguien que cumple con varias características: Ser capaz de expresarse correctamente con las letras, saber jugar con ellas, inventar con ellas, y más importante aún, crear con ellas. Escribir no es poner un par de palabras en una hoja que cumplan su función de comunicar, no, no es asi. Aquel que es escritor, en mi opinión joven, tal vez inmadura y un tanto idealista, es aquel que con las palabras es capaz de crear un universo, o como lo llamaría el gran maestro de la literatura fantástica J.R.R. Tolkien, un Sub-universo, y que puede plagar ese mundo de sensaciones, aromas, experiencias, diálogos, personas y personalidades, vidas y dioses. Un escritor es aquel que puede tomar las letras, las palabras, los espacios en blanco, los sonidos, los ritmos, y moldearlo en una figura con la herramienta más poderosa que es la imaginación, y todavía hacer que aquello cobre vida en el lector para que lo creado ocasione llantos, risas, carcajadas, gritos, lamentos, tristezas, alegrías, melancolías, ira y un sinfín de emociones. Más aun, lo escrito deberá colarse en la mente del público, crear ahí un espacio infinito y profundo en el que el lector se refugie, se escape, se esconda, viva y reviva, aprenda y cuestione, un lugar que al mismo tiempo asombre y de miedo, todo con un gran toque de solemnidad.  Un escritor debe ocasionar episodios esquizofrénicos, disosaciones de la realidad en la cual el lector se pierda y no sepa dónde está, ni a donde va, que le dé tanto miedo como la muerte misma y que lo deleite como la vida, para que en aquellos hermosos recovecos aprenda a amar y a odiar, el significado de la muerte y su predecesora la vida, y llegue al entendimiento de lo que es su existencia.

            Me gustaría poner mejor, con palabras más sencillas lo que es un escritor, pero asi como este párrafo anterior es críptico, asi es el escritor, y asi, sin comprender lo que es, uno mismo debe aventurarse al mundo de la escritura para que algún dia lo entienda, y se emocione con descubrir el verdadero significado de lo que yo pobremente intenté describir.

¿Y cómo aventurarse, como llegar algún dia a siquiera a poder decir: soy un escritor? Enfrentando una simple, llana y emocionante hoja en blanco. Para ser escritor, se empieza por leer, luego a escribir. Si ya has leído y crees que es momento de empezar a escribir, felicidades… pues en efecto, es la hora. Lo primero que harás es tomar una hoja, o en su defecto abrir un archivo en blanco en tu procesador de texto, y escribir. ¿Qué escribir? Lo que te llegue a la mente, lo que quieras, lo que Dios te cuente, lo que te regale el universo, lo que te susurren los demonios, lo que tu locura te dicte, lo que la musa te meta la cabeza, lo que tu emoción te suplique, lo que las voces te aclamen. Una vez, mi novia, Anna, respondió de la siguiente espectacular forma a la pregunta de cómo enfrentar a la hoja en blanco: “Teniéndole algo interesante que decirle”. ¡Esplendido! En efecto, una aseveración correcta, aunque algo ambigua, porque… ¿interesante para quién? ¡Pues para ti por supuesto! El escritor escribe primero para sí mismo, luego para la vida, y después para los demás. Si al principio te gusta a ti mismo ya llevas un paso adelante.

            Tú escribe lo que necesites escribir, lo que desees escribir. ¿Si será interesante o no? No lo sabrás hasta que hayas terminado. Si te detienes antes, discúlpame la honestidad pero no eres más que un cobarde. Nadie sabe qué gran obra de arte resultará hasta que hayas terminado, y nunca lo sabrás si te detienes. Debes continuar aunque te acometa la tristeza, el miedo, el enojo, o lo peor de todo… la desconfianza. Todos dudamos de nosotros mismos alguna vez en la vida, todos, hasta el que dice que no. Es naturaleza humana. Asi que escribe, escribe y escribe, como un demente, como un adicto, como si tu vida dependiera de ello. Después de todo, lo peor que puede pasar es que tu texto sea malísimo, y de ello aprenderás lo que no debes hacer y lo feo que se siente equivocarte, y no debes deprimirte por ello, pues sin estas experiencias no habría nacido la Sonata de luz de luna de Beethoven, la Mona Lisa de Da vinci, ni las Mil leguas de viajes submarino de Verne.

           Si necesitabas una razón para escribir, ya te la he dado. Y si ya la tenías la he reforzado. Y si nunca te cruzó la idea de escribir por la cabeza, por lo menos ahora sabes a lo que nos enfrentamos los escritores, y te darás cuenta de por qué escribir es un arte.

Para escribir algo tienes que correr el riesgo de burlarte de ti mismo” — Anne Rice

martes, 20 de noviembre de 2012

Leer, leer, y leer… ¿Qué leer?



         Como alguna vez me dijera un amigo cuando le pedí que me enseñara a dibujar: “¿Cómo puedo enseñar si aun estoy aprendiendo?” Lo mismo se aplica en esta situación, es pretencioso de mi parte hablar del como escribir aun estando en el sendero.  Aun así intentaré exponer lo más básico que considero, todo escritor debería tener.

            Como regla de oro, aquel que aspire a ser escritor debe leer mucho. ¿Pues como se pretende hacer algo cuando no se observa lo que otros han hecho en su rama? Creo que bien esto se aplica como regla general en todos los ámbitos. El cegarse para evitar plagiar inconscientemente o copiar un estilo sin siquiera notarlo, es tan tonto como querer cocinar un pastel sin usar harina. Lo primero que debes entender es que te pasara, todos nos inspiramos en algo o alguien para hacer las cosas diarias de nuestra vida. Bien lo dijo Platón, el arte es imitación. Hasta a el más grande le ha pasado, y al más pequeño ya le paso, y a ti te pasará. No se puede evitar.

            Pero bien, si vas a leer, ¿qué leer? 

En mi opinión personal, entrar a letras españolas fue una de las mayores bendiciones, fuera de las clases regulares de lingüística, filosofía, gestión cultural, redacción, etc. fue siempre una materia de modelos literarios en donde nos imponían lectura del canon literario hispanoamericano. De la Ilíada a la Odisea, del Quijote al Lazarillo, nos llevaban junto al Cid campeador y con la vieja Celestina, nos introducíamos en las tierras españolas como mexicanas. Leer el canon es fundamental, dicen algunos, pero si es así, ¿que canon deberíamos leer? ¿El latino o el español?, ¿El anglosajón o el asiático? ¿El ruso o el alemán? Todos tienen su canon, todos te dicen lo que deberías leer y como leerlo. Tal vez la respuesta más obvia sería con una condicionante: Depende de a que literatura te vas a dedicar. ¿Será que asi es? En mi caso, no lo creo.

La verdad es que nunca vas a terminar de pensar en que leer, asi que lo mejor siempre será ponerte a leer lo que tengas a la mano, ¡todo ayuda! Siempre he pensado que encontraras una valiosa lección en una obra magna como el Quijote, tanto como en una literatura sencilla, más no por eso mala o menos meritoria, como Harry Potter. Siempre irás aprendiendo algo valioso, es como la vida, aprendemos de experiencias malas y buenas por igual, siempre y cuando desees aprender. Solo trata de evitar los libros de autoayuda o superación personal, ya que, como diría mi madre, esos tiran para otro lado.

            En mi caso, siempre he leído lo que se me antoja. Me introduzco en la tierra media de Tolkien, paso por el Hogwarts de Rowling, escucho los diálogos del Fausto de Goethe, tanto como atiendo a las vivencias de la Crónica de una muerte anunciada de García Márquez, me encanto y estremezco con los relatos de Lovecraft y Poe, así como me fascino con la locura, la muerte y el amor de Horacio Quiroga, viajo a los mundos de Narnia y Perelandra de Lewis, y vacaciono en el Arrakis de Herbert, lucho con Akiles en la Ilíada de Homero, platico con el Quijote de Cervantes, y conspiro junto a los Lannister en la Canción del fuego y el hielo de Martin, asi como me asombro con Aura de Carlos Fuentes y recorro los mundos altos y bajos de La divina comedia de Dante…  por mencionar algunos. Como se puede ver, no desprecio los canones. Siempre es bueno ver lo que otros consideran que es un “obligatorio de leer”  y me admiro con las grandes maravillas que el mundo de las letras va formando a través de la historia y que han sido reconocidos mundialmente. Hay mucho que aprender del canon, pero también lo hay de la literatura fuera de este. Lo ideal es no despreciar nada, reitero, hay mucho provecho en cualquier clase de literatura buena, mala, o excelente.  Lo malo es que hay mucho que leer, y muy poco tiempo.

            Lo siguiente que voy a decir, ya lo ha dicho Stephen King es su libro On Writting, con quien concuerdo en mucho más no en todo: Se debe dedicar mucho tiempo de la vida a la lectura, es el primer habito que debes tomar y amar, leer cada que puedas y donde puedas, todo dependerá por supuesto de tu nivel de concentración y dedicación. Si no estás dispuesto a leer de principio a fin, por tiempo o decidía, no tienes entonces el compromiso para escribir, mejor busca otra cosa que hacer, si se me permite un poco de brutal honestidad… los estantes de las librerías ya tienen suficiente material para dos mundos como para que se llenen de textos sin mucho que ofrecer.  

            Ahora cubierto lo básico, dicho lo que se de planta de varios autores y por experiencia aportaré una opinión personal. Para escribir, a pesar de leer literatura, debes leer la vida, cada fragmento de ella, irla desglosando a cada paso y drogarte con sus aromas, enviciarte con sus placeres y entregarte a sus sensaciones. Hay mucho allá afuera que vivir, y por lo tanto mucho de lo que aprender.  

Se puede leer las risas, los besos, el sexo, el dolor, las lágrimas, las mujeres y los hombres, los campos verdes, y los mares muertos, se puede leer la muerte tanto como la vida, se puede leer la tristeza y la alegría, se puede leer la música y la pintura, las voces y la gente que las expresa, se puede leer a Dios y al humano. No hay nada en este mundo que no se pueda leer.

Aquel que se pierde de la vida, se pierde del placer de conocer el propósito del hombre y del mundo en el que vive. Se debe recordar que el leer es comunicación, y nunca se debe olvidar esto, leemos para ver lo que otros nos tienen que comunicar, incluso en un relato ficticio. Y comunicarnos es compartir experiencias, y las experiencias vienen de las vivencias. 

Por lo tanto, todo se resume en lee mucho, vive mucho, y si se me permite agregar de una manera egoísta, de la manera más decente posible. 

Dicen que leer es telepatía,
           otros cuentan que leer es experimentar,
                                               y algunos que leer es viajar,   
                                                           para mi, leer es vivir en ojos ajenos
Victor A. H. Segura.